El Rosario de la Misericordia

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El Rosario de la misericordia

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“Por su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero”


La Divina Misericordia fue uno de las grandes consuelos del beato Juan Pablo II, de cuya muerte se cumplen hoy nueve años, precisamente en la víspera de la fiesta de la Divina Misericordia, que él mismo había instituido, del año 2005.

Jesús enseñó a santa Faustina el Tercio de la Misericordia y pidió que lo propagase por el mundo; gracias a Dios, se propagó; es una fuente de gracia y de misericordia, especialmente para los moribundos.

Según el Diario de Santa Faustina, a partir de una visión el 13 de septiembre de 1935, la hermana Faustina escribió: “Yo vi un ángel, un ejecutor de cólera de Dios (…) a punto de alcanzar la tierra (…). Comencé a rezar intensamente a Dios por el mundo, con palabras que oía internamente. En la medida en que rezaba así, vi que el ángel quedaba desamparado, y no podía ejecutar el justo castigo”.

Al día siguiente, una voz interior le enseñó esta oración con las cuentas del Rosario: “Primero reza un ‘Padre Nuestro’, un ‘Ave María’, y el ‘Credo’. Luego, en las cuentas mayores di las siguientes palabras:

“Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de tu amadísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y de los del mundo entero”.

En las cuentas menores, di las siguientes palabras: “Por su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero”.

Concluye diciendo estas palabras tres veces: “Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros y del mundo entero”.

Más tarde, Jesús le dijo a la hermana Faustina: “Por la oración de este Tercio me agrada dar todo lo que me pidan. Cuando lo recen los pecadores empedernidos, llenaré sus almas de paz, y la hora de su muerte será feliz.

Escribe esto para las almas atribuladas. Cuando el alma ve y reconoce la gravedad de sus pecados, cuando se desvela frente a sus ojos todo el abismo de miseria en que se sumergió, que no desespere, sino que se lance con confianza en los brazos de mi Misericordia, como un niño en los brazos de su querida madre. Estas almas tienen sobre mi Corazón misericordioso un derecho de precedencia. Dijo que ninguna alma que ha recurrido a mi Misericordia se decepcionó ni experimentó vergüenza”.

“Cuando recen este Tercio junto a los agonizantes, Yo me pondré entre el Padre y el alma agonizante, no como justo Juez, sino como Salvador Misericordioso”.

Más oraciones a la Divina Misericordia, aquí.



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